miércoles, 31 de julio de 2013

'El asesino hipocondríaco': un singular giro a las historias de asesinos profesionales

Descubrí la narrativa de Juan Jacinto Muñoz Rengel a través de la recopilación de relatos 'De mecánica y alquimia' (Salto de Página, 2009), la cual me sorprendió por su apabullante imaginación, la originalidad y variedad de sus ambientaciones, así como por la calidad de su prosa. De ahí que al descubrir la incursión de este autor en el género negro con 'El asesino hipocondríaco', no pudiera resistirme a leerlo.

El título ya nos pone sobre la pista de lo que nos vamos a encontrar: un asesino profesional que cree padecer todas las dolencias imaginables y que debe darse prisa por asesinar a su próximo objetivo, Eduardo Blastein, pues está convencido de que cada nuevo día que amanece será el último que le queda de vida. Comienza entonces una serie de peripecias al estilo del Coyote y el Correcaminos, donde nuestro protagonista pone en marcha toda clase de planes estrambóticos para acabar con la vida de Blastein, procurando siempre servirse de algún atenuante judicial para el caso de que fuera capturado y enjuiciado por el asesinato.

Esto desemboca en una serie de divertidos desencuentros en los que algo siempre sale mal en sus cuidadosos planes. Eso sí, aunque toda la trama está envuelta por un halo de humor inteligente, no hay que pensar por ello que se trata de una novela humorística al uso. Los toques de humor no son más que la guinda en una historia donde lo importante es el retrato psicológico de un personaje hilarante y llevado al extremo, que nos confirma el carácter voluble de la realidad y cómo cada cual podemos transformarla a nuestro antojo.

Ese retrato psicológico, así como la trama del asesinato de Blastein, vienen salpicadas por historias de célebres escritores y filósofos que guardan varios puntos en común con el protagonista; y uno de ellos es, precisamente, el de sus misteriosas y persistentes dolencias. Así, conoceremos las manías de Kant y de Proust, los calambres y espamos que asolaron a Byron, o los vértigos y mareos que atormentaron a Swift durante la redacción de 'Los viajes de Gulliver'. Breves pasajes que enriquecen el conjunto, sin llegar a entorpecer la principal línea argumental, y que también son presa de ese fino sentido del humor demostrado por el autor en el resto de la obra.

Todo esto convierte a 'El asesino hipocondríaco' en una novela negra a la que resulta difícil encontrar comparación, con una originalidad y erudición que no se encuentran fácilmente en el género. El punto negativo es que, ya avanzados en la novela, la historia comienza a dar vueltas sobre sí misma y llega un punto en que se echa en falta algún golpe de efecto, algo que rompa ese desarrollo que puede terminar por hacerse repetitivo. Cierto es que ese "eterno retorno" es algo intencionado (el propio narrador lo comenta en un punto de la historia: "Acabo de tomar conciencia de que mis esfuerzos por matar a Blastein parecen no llevar a ninguna parte, como si estuviera condenado a subir una roca a la cima de una montaña y siempre que estuviese a punto de lograrlo la piedra volviese a rodar hacia abajo hasta lo profundo del valle"), y el hecho de que la historia entre en un bucle continuo cobra lógica en el conjunto global de la obra, pero hay momentos donde la frustración del asesino puede llegar a alcanzar al lector, reduciendo un poco el interés por el devenir de la trama. A pesar de todo, en conjunto es una novela tan singular y divertida, que no puedo dejar de recomendarla a aquellos que busquen un soplo de aire fresco entre tanta lectura criminal.

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