En las novelas que he leído de José Carlos Somoza hay varios puntos en común. Primero, una trama detectivesca, o cuanto menos intrigante, que sirve de columna vertebral para los personajes y reflexiones que nos presenta el autor. Segundo, la introducción de algún elemento fantástico o fuera de lo corriente que aporta una cierta sensación de irrealidad a la obra. Y por último, una estrecha relación con alguna disciplina artística, como pueden ser el cine ('La ventana pintada'), la literatura ('Dafne descanecida') o como en el caso que hoy nos ocupa con 'El cebo', el teatro.
'El cebo' nos transporta a un futuro cercano en el que el estudio de la conducta humana está mucho más avanzado que en nuestros días. Hasta el punto de que se han desarrollado técnicas que permiten activar y manipular el deseo de las personas, sirviéndose de un método basado en el teatro de Shakespeare.
Diana Blanco es una de las personas, conocidas como "cebos", que se sirven de estas técnicas para atraer y capturar a los peligrosos asesinos y psicópatas que andan sueltos por la ciudad. Basta con un gesto, una mirada o una pequeña representación para activar todos los centros de placer de estos criminales y tenerlos a su merced.
