El combo formado por Maj Sjöwall y Per Wahlöö fue el detonante de la evolución de la novela negra sueca a mediados de los 60. Por aquel entonces, el principal referente para los escritores policíacos del país seguía siendo el de los clásicos detectives británicos, moderados y arquetípicos, en cuyas historias la resolución del misterio y la identidad del asesino representaban su principal aliciente. Sjöwall y Wahlöö se propusieron ir más allá y, sin perder de vista la construcción de una intriga que sirva como motor de la narración, aprovechar el canal que supone la literatura para practicar el sano ejercicio de la crítica social.Los años 60 fueron una década de prosperidad en Suecia, convirtiendo al país en un referente de eso que ha venido a llamarse estado de bienestar. Y aunque esa prosperidad era incuestionable en muchos aspectos, no es menos cierto que también había mucha suciedad entre bambalinas que tanto gobierno como sociedad se encargaban de barrer convenientemente bajo la alfombra. Esos resquicios oscuros se convirtieron pues en el objetivo de la saga de novelas protagonizadas por el inspector Martin Beck, del mismo modo que hoy día otros autores intentan sacar a relucir las miserias de sus respectivos países, como es el de caso de Henning Mankell y Jo Nesbo, por poner un par de ejemplos.
A la hora de escribir sus libros, Sjöwall y Wahlöö dirigieron su mirada al noir norteamericano en busca de inspiración. De ahí que su personaje, Martin Beck, resulte más humano, melancólico y contradictorio que los detectives a los que estaban acostumbrados en la Suecia de la época. Eso sí, tampoco estamos ante un calco de los detectives de Hammett o Chandler, ya que frente al cinismo o la dureza de aquellos, Beck responde más bien a la típica idiosincrasia sueca.



